Ciudad Lineal

Más que un concepto urbanístico, un estilo de vida

Villa Rafaelita

1 octubre 2021 | El Proyecto, Investigación | 8 Comentarios

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Artículo de:
David Miguel Sánchez Fernández
David Miguel Sánchez Fernández, apasionado de la historia, más en concreto la de Madrid sobre la que ha escrito varios libros y artículos.

Tal vez, el haber crecido entre las ruinas de la Ciudad Lineal, fue el motivo que le impulsó a indagar en archivos y bibliotecas y, tras años de investigación reconstruir parte del gran puzle lineal y publicar “Un paseo por la Ciudad Lineal” (2010).

Don Joaquín Esteban Esteban

“Hace cincuenta años que no paso por aquella calle, me quedo con el maravilloso recuerdo de mi infancia y no quiero que nada me lo borre.”

Así comenzó nuestra entrevista con Javier mientras nos relataba sus recuerdos de infancia y adolescencia en aquella la casa de sus abuelos.

Joaquín Esteban Esteban había nacido en Madrid en 1896. Se casó en 1921 con Modesta González Curuzelaigui, fruto de esa relación nació una niña de la que nadie recuerda ya su nombre.

Él, empleado en el sector de la metalurgia trabajaba como maestro de obra en Seifert y Bienzobas, una empresa dedicada al sector de la calderería donde se hizo un hueco.

Hasta donde podemos llegar a saber doña Modesta recibió como herencia un terreno en la Ciudad Lineal allá por los años 20 del pasado siglo. Aquella finca situada en un paraje denominado Mampalvillo, de 585 m² estaba en el término municipal de Canillas, manzana 98 lote 5 H, concretamente en la calle de Goitia nº 9 y no era más que un terreno sin vallar.

Según los datos recabados, el solar fue comprado el 16 de septiembre de 1909 a la CMU por Joaquín Mata Rubio por la suma de 970 pesetas. Durante el tiempo que fue de su propiedad la finca permaneció desierta y en ella no se construyó ninguna edificación.

Desconocemos por completo la relación entre doña Modesta González y Joaquín Mata, sea como fuere la finca quedó en herencia para ella.

En 1931 don Joaquín Esteban, encarga al arquitecto Luciano Delage Villegas un proyecto para construir una casa en aquel apartado lugar, pero curiosamente ese solar era de dimensiones inferiores, por lo que entendemos que o parte del solar no se le trasfirió a don Joaquín Esteban o este lo vendió para que la parcela contigua que había quedado como un estrecho pasillo tuviese unas dimensiones apropiadas para levantar una casa.

Tres planos en los que se ve la evolución que fue sufriendo la zona y en concreto el solar de don Joaquín Mata Rubio.

Plano de alzado y plantas fechados en 1931 de una vivienda para Joaquín Esteban Esteban.

Sea como fuere en los años 30 parte de la parcela se vendió a don Mariano Mate, quedando el solar reducido a unos 300 m² cuadrados. En él se levantó una modesta vivienda de 54 m², que se encuadró en la parte izquierda de la parcela, dejando un ancho pasillo de paso al jardín posterior en el lateral derecho.

La cimentación se realizó con cascote de ladrillo machacado y mortero de cemento y arena lavada. Los muros exteriores eran de ladrillo macizo visto, con abultados en jambas y dinteles y coloreados al óleo en dos colores, blanco para las molduras y rojo carruajes para los paramentos. El tejado a dos aguas estaba construido con caballete de madera y cubierto de teja plana, con canalones y bajantes.

Los suelos eran de baldosín hidráulico imitación de mosaicos y las paredes interiores de ladrillo hueco tendidas con cemento negro, cubiertas con yeso y pintadas al temple.

Compuesta por siete piezas: recibidor a modo de distribuidor donde había dos puertas que comunicaban con el cuarto de baños y la cocina, y otras dos que daban paso a un gabinete y una sala, desde donde a su vez se comunicaba de forma completamente simétrica con dos dormitorios de idénticas dimensiones. Desde la cocina que quedaba en la parte posterior de la vivienda existía además una puerta de acceso al jardín trasero.

Se había construido además tal y como relata la memoria un pozo negro para aguas fecales, con tapa hermética en la parte trasera de la parcela, contando además la casa con luz eléctrica y agua corriente.

Espectacular plano de la zona perteneciente al catastrón (1940–1950) en el que se ve la zona donde se encontraba la vivienda de don Joaquín Esteban. Obsérvese la cantidad de parcelas con formas diversas que iban floreciendo.

La zona donde se había construido la vivienda estaba plagada de pequeños solares que no encajaban con los preceptos básicos de la Ciudad Lineal, pues muchos de estos terrenos tenían dimensiones inferiores a los 400 metros. Debemos de tener en cuenta, que en esas fechas la CMU aunque seguía siendo la propietaria de muchos de los terrenos ya no tenía el control total sobre la urbanización, además las parcelas tomaban extraña fisonomía al ser una zona donde la calle principal giraba algunos grados al oeste y se rompía el modelo de cuadrícula establecido.

Los años siguieron transcurriendo y la vivienda de don Joaquín Esteban iba poblándose de fantásticos árboles, e incluso algún que otro animal en un pequeño corral que se había construido en la parte posterior izquierda.

Terminada la guerra todo volvió a una relativa normalidad. La Ciudad Lineal que había sido lugar de escondrijo para muchas personas de uno y el otro bando había quedado prácticamente desierta. Muchas de las casas, sobre todo las más lujosas permanecían abiertas y abandonadas a la espera de la llegada de sus dueños que habían partido al exilio y jamás volverían. Los más humildes, habían sobrevivido como pudieron en aquel pequeño reducto de Madrid. Don Joaquín pasó algunos meses en prisión por ideas contrarias al régimen, periodo en el que la pequeña acudía diariamente hasta allí para llevar cuanto pudiera de comer a su padre. Desgraciadamente hubo un día que no volvió. La joven murió de inanición. Lo que más dolió a su padre fue el no poder ni siquiera acudir a su entierro.

En 1957 falleció doña Modesta y Joaquín se volvió a casar en segundas nupcias con doña Rafaela Tena Prieto, una sevillana catorce años más joven que él, y que había tenido un largo peregrinaje por aquella España descompuesta. Llegaba acompañada de su hija. El marido se había dado a la fuga hacía mucho tiempo y excusándose con haber partido a las Américas se quiso quitar de en medio. Pero el tiempo y algo más dio con el paradero del individuo en Barcelona. Poco se supo de él, Rafaela y su hija no tuvieron mucho trato incluso adivinaron de la muerte de este transcurrido ya algún tiempo del hecho.

Rafaela estaba feliz con Joaquín en aquella casita de la Ciudad Lineal. Pronto apareció sobre la puerta de entrada a la finca un cartel en el que se leía claramente “Villa Rafaelita”.

La alegría volvió a aquella casa, pronto el primer nieto varón de Rafaela, Javier nuestro protagonista, comenzó a ser el centro de atención.

 

Dos instantáneas del pequeño Javier en brazos de sus “abuelos”, doña Rafaela su abuela de sangre y don Joaquín el abuelo postizo.

La vivienda sufrió tras la llegada de doña Rafaela algunas trasformaciones y reformas A aquella anticuada casa había que darle un nuevo aire y para ello fueron sustituidas algunas dependencias por otras. Destacó principalmente el movimiento de la cocina a un espacio mayor lo que conllevó el traslado de la sala de estar y el dormitorio adyacente.

Al trasladarse la cocina a otra dependencia de la casa la puerta de acceso también se movió, cegándose la primitiva y abriendo una nueva en el hueco de una antigua ventana.

El antes y después de la reforma realizada en Villa Rafaelita.

Vista posterior de la vivienda donde se ve la antigua puerta de la cocina ya cegada y la nueva con un pequeño descansillo y algunos peldaños para bajar al jardín.

En 1959 se acomete otra importante reforma. En la parte posterior se construye una nueva casa de tres piezas y aseo que separada lo suficiente de la vivienda principal serviría para arrendarla y conseguir algún dinero extra para la pareja de jubilados. La nueva casa nada tenía que ver con Villa Rafaelita, era un simple edificio de ladrillo enfoscado y pintado en blanco al que se accedía por el lateral derecho de la vivienda principal y que quedaba a unos 28 metros de la línea de calle.

Aquella casa se comenzó a alquilar fácilmente. Como anécdota añadir que doña Rafaela con su gracejo andaluz y su astucia forjada por la vida, decía siempre:

“La casa solo se la alquilamos a los americanos, que esos siempre pagan”.

Doña Rafaela Tena Prieto.

Doña Rafaela Tena Prieto.

Plano de la reforma realizada en 1959 en la que se añade una pequeña casa en la parte posterior de la finca. El largo pasillo de acceso no se construyó jamás teniendo entrada por la propia puerta principal de la finca.

Después de Javier vino su hermano pequeño y ambos comenzaron a pasar sus veranos en aquella casa de sus abuelos.

Sus recuerdos de infancia y niñez son inolvidables, aquella casa lejos del mundanal ruido de la capital era el mejor lugar para evadirse durante el verano.

Los años comenzaron a trascurrir y a mediados de los 60 Javier comienza a recordar lo que para él y seguramente su hermano serían los mejores veranos.

<< Cuando llegaba el verano nos llevaban una buena temporada a casa de la abuela Rafaela y Joaquín, aquel señor tan simpático que vivía en la misma casa que ella.

Recuerdo con añoranza los desayunos en el jardín. Mi abuela tenía una fe ciega en las virtudes del desayuno al aire libre. Siempre café con leche y pan tostado con una generosa ración de mantequilla. Esa misma fe la tenía Rafaela en el aperitivo que precedía a la comida. Ya en el interior nos servía a mi hermano y a mí un botellín de cerveza, lo que según mi abuela «abría el hambre». Lógicamente dormíamos la siesta como fardos, un remedio eficaz no para el apetito, pero si para que todos pudieran dormir la siesta.

Todas las tardes mi abuela, en la salita adyacente a la cocina encendía la radio, en la que escuchaba puntualmente la novela, y lloraba a mares. Tanto lloraba que un día sin más remedio tuve que ir a consolarla y la dije: «No llores abuela, si todo es mentira».

Fantástica imagen tomada en el jardín delantero de Villa Rafaelita. En ella aparece el pequeño Javier acompañado de su madre. Detrás al fondo la madre de doña Rafaela, doña Carmen Prieto que falleció en 1959, también residente en la finca amparada del sol tras el muro plagado de hiedra.

El comedor estaba presidido por un reloj de pared marca Coppel. Don Joaquín periódicamente lo bajaba, lo desmontaba y engrasaba. Yo observaba maravillado a aquel hombre que obedecía fiel las órdenes de mi abuela.

La cocina era el centro neurálgico de la casa, allí estaba la cocina y la caldera de carbón para el servicio de calefacción y agua caliente. Era especialmente atrayente la portezuela del hogar de la caldera que yo abría y cerraba viendo el fuego en su interior, hasta que mi abuela me pillaba y salía corriendo de allí.

El comedor estaba presidido por un reloj de pared marca Coppel. Don Joaquín periódicamente lo bajaba, lo desmontaba y engrasaba. Yo observaba maravillado a aquel hombre que obedecía fiel las órdenes de mi abuela.

La cocina era el centro neurálgico de la casa, allí estaba la cocina y la caldera de carbón para el servicio de calefacción y agua caliente. Era especialmente atrayente la portezuela del hogar de la caldera que yo
abría y cerraba viendo el fuego en su interior, hasta que mi abuela me pillaba y salía corriendo de allí.

Una tarde estando yo dentro de la casa vi en el techo del dormitorio que estaba junto a la cocina como unas brasas y salí corriendo a llamar a mi abuela. Ella que se encontraba en el jardín, como era lógico no me hizo ni caso. A los pocos minutos entró dentro de la vivienda y salió despavorida gritando: ¡Fuego, Joaquín que hay fuego! Recuerdo a don Joaquín con aquella manguera, nada que ver con las actuales, apuntando al techo de la casa. Mi abuela mi hermano y yo nos refugiamos en la casa de atrás, y vimos como llegaron los bomberos cuando ya Joaquín había apagado aquel fuego.

Porque llegar hasta allí no era fácil, las calles eran de tierra y cuando llovía todo se enfangaba. Frente a Villa Rafaelita levantaron un gran edificio de viviendas, justo frente a la casa en la que mis abuelos decían que había vivido el inventor del submarino. La empresa constructora había cubierto con hormigón la mitad longitudinal de la calle que les correspondía, dejándonos a nosotros y al resto de vecinos con nuestros charcos y baches.

El tranvía número 5 bajando por José del Hierro dirección a Ventas.
Historias Matritenses. El barrio de la Concepción.

Tantos y tan grandes eran los socavones que recuerdo otra anécdota de mi abuela Rafaela. Una tarde llegando en taxi a la zona de la carretera de Aragón le dijo al taxista:

-Entre por esta calle del General Aranaz.

Imagínense como sería el trayecto que respondió el chofer:

-Señora de general nada, a lo sumo teniente.

Javier con unos 10 años junto a la casa de la parte trasera.

Recuerdo que todos los domingos salíamos de punta en blanco de casa para ir a misa a un convento que estaba muy cerca de casa, no olvidaré jamás el olor a colonia “Álvarez Gómez” con la que mi abuela nos empapaba literalmente. Ella siempre le decía a Joaquín: ¡Vamos que es tarde! Y el siempre respondía: Ir tirando que ahora voy yo. Tanto se retrasaba el pobre que nunca llegaba a oír la misa.

Por las tardes Joaquín siempre nos llevaba a pasear con la bici, íbamos a un lugar no muy lejano que el llamaba “la Hera”, quizás en tiempos lo fue, era un lugar genial para pedalear sin parar, mientras él, se fumaba un Celta a escondidas. Confiaba en nosotros y sabía que no le delataríamos ante la jefa de la casa.

En alguna ocasión acompañábamos a Joaquín a buscar hielo. Sería incapaz de recordar cual era el lugar, lo que no puedo borrar de mi nariz es aquel tremendo olor a amoniaco que había. Las barras caían de un artefacto y golpeaban sobre una gran cubeta. Con un martillo el encargado las partía con destreza, nosotros las cargábamos en un saco y las llevábamos hasta casa a cuestas.

Si mi abuela Rafaela era el sargento en aquella casa de verano, Joaquín era nuestro cómplice, nuestro amigo, en realidad era algo más, era mi abuelo.

Siempre nos comprendía, nos ayudaba y nos daba un poquito más, contaba historias y chascarrillos, era un abuelo genial.

A finales de los años 60 mi abuelo enfermó y mi abuela comenzó a sentirse sola y aislada en aquella ciudad en descomposición. Muchos vecinos habían vendido sus casitas y grandes edificios empezaban a invadirlo todo, pero Joaquín no quería irse. Todos sabemos el final de la historia, él no quería, pero ella sí, y la salvación llegó cuando una empresa constructora llamó a su puerta interesándose por aquel solar.

Por una suma de alrededor de 1.100.000 pesetas quizás algo más, se vendió Villa Rafaelita y mis abuelos se trasladaron al Paseo de Extremadura, punto opuesto de la capital, quizás para olvidar aquello. Al poco tiempo, ni trascurridos tres años don Joaquín falleció, lejos de aquel lugar tan querido para él.

Los empresarios que adquirieron la vivienda no tardaron mucho en derribarla, la situación en la zona era un poco insegura, algunas viviendas habían sido ocupadas. Las viviendas vecinas también fueron adquiridas y demolidas dejando un amplio solar que tardó muchos años en reedificarse.>>

Sepultura de don Joaquín Esteban y su suegra doña Carmen Prieto en el cementerio de la Almudena de Madrid.

Dos imágenes comparativas 1970 – 1975 en las que se ve el tremendo solar que dejaron todas las viviendas que fueron adquiridas por la promotora.

Lugar exacto donde estuvo Villa Rafaelita hoy ocupado por la piscina de una urbanización de lujo.

Por otra parte, doña Rafaela vivió unos 30 años más, no sabemos si añorando en algún momento aquella vivienda o aquel hombre, que para sus nietos quedó tan grabado en la memoria como una persona imborrable, su abuelo Joaquín.

David Miguel Sánchez Fernández