Ciudad Lineal

Más que un concepto urbanístico, un estilo de vida

Hoy es un día primaveral en Madrid, se festeja internacionalmente el día de Árbol.

Estos sufridos seres vivos de los que tanto dependemos, trabajadores infatigables que nos devuelven el oxígeno y embellecen cualquier rincón del planeta.

Por eso hoy publicamos estas imágenes que ya también forman parte de la historia de Ciudad Lineal Madrileña, y que tras la nevada histórica del pasado 9 de enero de 2021 nos cambió el paisaje conocido por otra estampa.

Fue triste ver sucumbir árboles centenarios, pinos en su mayoría, plantados por las familias de la Ciudad Lineal de Arturo Soria, por maestros, escolares e impulsada por personas como Natalio Utray.

Es cierto que es un ciclo vital, pero es igualmente cierto que para seguir teniendo árboles centenarios hay que seguir plantando y cuidando de forma constante.

Esperamos que disfrutéis de las imágenes y reflexiones de nuestro joven amigo y socio Carlo Stella, que salió a recorrer ese paisaje invernal que aún perdura en nuestra memoria inmediata.

Cristina Keller
Presidenta de la Asociación Cultural Legado de Arturo Soria

La Gran Nevada, una lección de humildad

21 marzo 2021 | El Proyecto, Fiesta del Árbol | 0 Comentarios

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Artículo y fotografías de:

Carlo Stella

Estudiante en la Universidad Autónoma de Madrid, es un amante de la historia y el urbanismo.

La nevada del pasado 9 de enero me ha dado mucho que pensar. En los medios no hemos oído más que las palabras inesperada o insólita, y de hecho así ha sido. En primer lugar, nadie hubiera podido imaginar esta nevada y en segundo lugar ha sido un evento totalmente inusual para Madrid. De hecho, las fuentes apuntan a que hay que remontarse a más de 40 años, por el 1971, para recordar una nevada de magnitud algo parecida, o incluso más atrás, pero, ¿existen registros de hace tanto tiempo? Parece que cielo y tierra se han puesto de acuerdo en ajustar sus variables para traernos la Gran Nevada. Para algunos ha podido ser una bendición, un descanso necesario en esta rutina vertiginosa que muchos llevamos, pero para otros ha podido ser un incordio y ahora se ha transformado en algo hasta peligroso con las placas de hielo en las calles. Lo que está claro es que vivimos el comienzo de dos años bien particulares, primero con el Gran Virus y sus consecuencias biológicas, económicas y sociales, y ahora con la Gran Nevada de causa meteorológica, pero con grandes consecuencias económicas. Entre pico y pico de pandemia nos ha visitado la tormenta “Filomena”, que ha dejado estampas de la ciudad dignas de postal. Y el relato de lo vivido podría encajar perfectamente en un cuento de realismo mágico, porque la realidad parece distorsionada y no se ajusta a lo que tradicionalmente se ha vivido por esta zona.

Después de un día y una noche de continua nevada, amanecimos el sábado 9 de enero con casi 40 centímetros de nieve en toda la capital, con la nieve cubriendo hasta las rodillas. ¡Quién se podría imaginar el día anterior que los autobuses no llegarían a sus cocheras o que los coches se iban a quedar inmovilizados en medio de la calle! La verdad es que ha sido algo totalmente excepcional. Parecía que hacía un viaje por el Puerto de Ciudad Lineal, una ciudad de montaña a dos mil metros de altitud. Mi carácter explorador e inquieto no me permitió quedarme en casa y con el adecuado equipamiento de esquí, que todos los madrileños han sacado con prisa de sus trasteros, no tardé en salir de casa e inmortalizar el evento. Era mi exploración, había vuelto a recobrar la ilusión que puede tener cualquier niño en un sitio nuevo. Sólo que en realidad era mi barrio, no había nada nuevo, conocía cada esquina, cada calle y cada árbol. Lo que había cambiado por completo era el entorno y la manera con la que nos relacionamos con el mismo. Por lo tanto, más que un viaje exploratorio sería un viaje informativo o divulgativo porque poco había que explorar en un lugar tan concurrido como la ciudad.

Ese mismo sábado por la mañana la movilidad se hacía tediosa. Aún no se habían formado los estrechos senderos por el paso de la gente y se podía observar una desorganizada estampa de pisadas aleatorias e individuales. Me sorprendió que aún siendo tan temprano ya había pisadas por varios sitios, como si la ciudad nunca acabara de dormir completamente. Y era normal, había que llegar a los trabajos y aunque la movilidad en superficie estuviera parada, el metro seguía funcionando y así lo haría por 24horas al día durante toda la semana hasta que las calles comenzaran a ser transitables.  Ya avanzada la tarde parecía imposible encontrar un lugar donde la nieve permaneciese aún virgen. Ver las pisadas individuales nos da una idea de lo mucho que nos movemos: somos seres inquietos (algunos, otros prefieren la manta y la televisión) y no hay ni un solo rincón accesible que no se haya pisado.

La experiencia no ha dejado de ser algo único donde se han contrastado las siguientes emociones: belleza y tristeza. ¿Cómo es posible que algo tan maravilloso sea triste? En realidad, a pesar de este evento tan extraordinario, también ha causado grandes daños en todos los espacios verdes. Y si nuestras casas hubieran estado construidas algo peor, también hubiera causado daños catastróficos en los tejados, postes de luz, postes de teléfono, farolas…etc. Y con esto no digo que no lo haya hecho, porque hemos visto tristemente como los árboles se han caído, coches se han destrozado y tejados de chapa se han unido. Veamos el porqué esta nevada ha sido algo tan agradable y a su vez algo tan destructivo.

Cualquiera que en 50 años recuerde la Gran Nevada del 2021 va a parecer alguien bien extraño. ¿Cómo que la gente iba esquiando por la calle?, seguramente a muchos les costará creerlo porque como dijo Tomás el apóstol: “si no lo veo no lo creo”. Por eso a través de la fotografía y los relatos podemos revivir con detalle eventos pasados, porque dicen que una foto vale mil palabras, pero creo que una foto debe acompañarse con una descripción que de vida a la misma. Mi objetivo ha sido inmortalizar este evento que seguramente no volvamos a vivir nunca en nuestras vidas, o ¿quizás sí?, dependerá de cómo de caprichoso esté el planeta. Mi viaje por el barrio ha sido algo extraordinario porque por primera vez se ha visto a una gran cantidad de gente por las calles Disfrutando con d mayúscula, como nunca antes, sobre todo los niños. Para el que nunca había visto la nieve este evento podría parecer algo celestial o sobre natural.

Ante la ausencia de coches, los humanos tomamos las calzadas para reivindicar la utilización de un espacio que cada vez abusa más de nuestras zonas de tránsito a pie.

No quiero decir que el coche no sea útil, porque es necesario en el modelo de sociedad que se ha construido, pero sí que se puede vivir un tiempo sin él o al menos reducir su dependencia. Por nuestra parte, tener las calles inutilizables ha significado que hayamos tenido que ir a pie a muchos sitios: a la compra, hasta el metro, hasta la casa de un familiar…etc. Y esto ha revalorizado nuestros barrios y yo creo que ha permitido darse cuenta de que con nuestras dos piernas podemos llegar a cualquier lugar. Eso sí, pasito a pasito y no con la rapidez a la que estamos acostumbrados. Estos días, más que nunca ha sido relevante la frase de Antonio Machado: “caminante no hay camino, se hace camino al andar” porque no puede ser más cierta. En la nieve el camino no estaba hecho y poco a poco se ha ido haciendo al andar. En la nevada creo que se ha revivido un sentimiento de pertenencia y colaboración a un barrio, porque los vecinos nos hemos tenido que ayudar mutuamente: para despejar aceras, para empujar coches o para comprar algo a quien no podía salir de casa.

En las calles los niños jugaban alegremente sin miedo a que pasara un coche a toda velocidad y se formaban escenas nunca vistas. Todo aquel que tenía esquís, tabla de snowboard o algún tipo de trineo lo sacaba sin pensarlo. El que no lo tuviera improvisaba con bolsas de basura o cajas de plástico. Algunos más atrevidos hacían hasta baches y rampas con la nieve, para disfrutar de la velocidad en las calles más empinadas del barrio. La calle parecía hasta más amplia que de costumbre al no haber coches y uno era libre para caminar por donde quisiera. Pero lo mejor de todo ha sido observar a tanta gente paseando y fuera de sus casas, sacándole un máximo provecho a un espacio que es de todos. El barrio había cambiado y se había volcado hacia el exterior, algo que no se ve mucho porque los edificios de propiedad horizontal han tomado casi todo el terreno y la gente entra y sale con sus vehículos desde los garajes sin vivir la calle. Y este hecho seguro que es algo que nuestros abuelos más extrañan, cómo de pequeños vivían y jugaban en las calles del pueblo sin peligro alguno. Ahora en el entorno hostil y frío de la ciudad es complicado. Algo bastante curioso ha sido ver la inutilidad de los semáforos y pasos de peatones con sus luces y sonidos continuos, que parecía que cantaban en harmonía para ellos mismos y para nadie más. El paisaje podía parecer desolador cuando el silencio sepulcral se perturbaba por el ruido de semáforos en los pasos de cebra y no por el habitual ruido de motores.

Pero este escenario mágico también ha tenido su aspecto trágico. Aquella semana pudimos oír sin duda las consecuencias de la nevada. Primero a través de las máquinas excavadoras y quitanieves que luchaban contra la naturaleza intentando eliminar la nieve y las placas de hielo del suelo. Y en segundo lugar con las motosierras que retumbaban por cada esquina para cortar y desbrozar las ramas rotas de los árboles. Madrid ha tenido que recurrir al ejército e incluso a otras comunidades autónomas para que prestasen su material de apoyo para despejar y limpiar calles. Pero cierto es que ni las máquinas más grandes pudieron eliminar a la primera el hielo incrustado en las calzadas y que la movilidad no se recuperó tan rápidamente como se preveía. El comienzo del periodo lectivo se retrasó inicialmente dos días, luego una semana y finalmente semana y media.

Si el coronavirus es más bien invisible y afecta a las personas, la nevada es visible y afecta al entorno inmediato. Creo que lo más triste de todo, ha sido ver como nuestros árboles, muchos centenarios, sucumbían bajo el peso de la nieve. Más que una nevada parecía que había llegado un huracán. De todos los fenómenos de la tierra, creo que la nevada es el único al que se le puede asignar ciertas connotaciones positivas, porque no creo que podamos decir lo mismo de los tsunamis, terremotos y ciclones. Hemos visto cómo pinos y cedros centenarios cedían ante la acumulación de nieve, y esto ha provocado un aspecto desolador de nuestras calles. Un encanto en el paisaje que entraba en contraste con el destrozo del temporal, y puede ser que al fin de al cabo lo abandonado y destrozado tenga un atractivo. Al menos lo ha sido así para las insólitas imágenes de vehículos en medio de las autopistas completamente cubiertos de nieve o los autobuses de la EMT dejados en medio de la calle, padeciendo el frío y soportando el peso de las ramas caídas de los árboles. A la vez, las basuras se acumulaban y se volvía a revivir el vacío en los supermercados. En definitiva, un paisaje contradictorio: alegría y disfrute de la gente contrastando con el destrozo y abandono en ciertos lugares. Para los amantes de la naturaleza puede ser todo un sufrimiento imaginar el arboricidio natural en la Casa de Campo o en la Dehesa de Valdelatas, donde predominan pinos y encinas de hoja perenne.

En definitiva, quizás es una gran lección de la naturaleza. Una lección múltiple que nos vale para todos los aspectos de la vida. En primer lugar, aprender a disfrutar del día a día porque no nos hemos tenido que desplazar mucho para vivir una experiencia única. En segundo lugar, aprender a vivir con calma, porque de nada servía estresarse o exigir en una situación en la que todo estaba paralizado. En tercer lugar, a revalorizar el transporte a pie ante la imposibilidad de circular para los vehículos. En cuarto lugar, a apreciar la fuerza naturaleza que es mucho más poderosa que los humanos y aunque nos creamos muy importantes, de un día a para otro nos puede dar grandes lecciones de humildad. En quinto lugar, a valorar menos las cosas materiales: uno podía tener mil coches de lujo, pero si no los podía usar, ¿de que servían? De la misma manera uno podía tener dinero, pero si los supermercados estaban vacíos, no había donde gastarlo.

Además de estas cosas, hemos podido valorizar el comercio de proximidad, reconsiderar a los vecinos, a valorar la familia y amigos cercanos, a colaborar y ayudar, a bajar nuestro ritmo de vida y exigencias…etc., en conclusión, una infinidad de cosas buenas.

Pero también se ha causado mucho destroce y hay daños, como la pérdida de árboles, que no se podrán recuperar e indudablemente cambiará la fisionomía de nuestro entorno. Quizás estemos muy mal acostumbrados, en un neo-comodismo donde queremos obtener todo fácilmente y sin esfuerzo. Tenemos frío y encendemos la calefacción, queremos comida y la pedimos con el móvil a domicilio…etc., ¿podríamos ser capaces de vivir sin coche o sin internet? Puede ser que estemos mal acostumbrados a vivir con todos los servicios al alcance, olvidándonos que hay partes del mundo donde los eventos climatológicos siguen marcando la vida el día a día, o cuando nuestros antepasados tenían que hacer largos viajes a pie para ir a la escuela o ir a recoger agua a la fuente.

¡Filomena, gracias por traernos la sierra a casa, porque nos has dado una lección de humildad!

Carlo Stella