Ciudad Lineal

Más que un concepto urbanístico, un estilo de vida

La crónica negra de la Ciudad Lineal

28 octubre 2021 | Investigación | 5 Comentarios

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Artículo de:
David Miguel Sánchez Fernández
David Miguel Sánchez Fernández, apasionado de la historia, más en concreto la de Madrid sobre la que ha escrito varios libros y artículos.

Tal vez, el haber crecido entre las ruinas de la Ciudad Lineal, fue el motivo que le impulsó a indagar en archivos y bibliotecas y, tras años de investigación reconstruir parte del gran puzle lineal y publicar “Un paseo por la Ciudad Lineal” (2010).

La Ciudad Lineal no era solo el mejor sitio para veranear, allí se vivía y se convivía, lo cual, ocasionaba en más de una ocasión riñas y broncas entre parientes o vecinos. Aunque siempre veamos el lado amable de nuestra querida Ciudad Lineal, en ella sucedieron más de un incidente, crimen, suicidio y accidente. Hoy relataremos algunos, pero hubo muchos más que no aparecieron en los diarios de la época y seguramente muchos que jamás se supieron, ni se sabrán.

Ya don Ramón Gómez de la Serna nos vaticinó en su obra “El Chalet de las Rosas” (1923) que la Ciudad Lineal era el lugar perfecto para cometer uno, o varios crímenes sin dejar rastro. En el primer capítulo de la obra el autor nos sumerge en una ciudad fantasma donde se desarrollaría la trama. Desde luego no tienen ningún desperdicio.

La tristeza de la Ciudad Lineal era la tristeza de una de esas ruinas nuevas, es decir, ruinas de una casa que no se pudo acabar en un paisaje suburbano y deshabitado.

Ciudad Lineal tenía ese aspecto de cementerio de vivos, de falsa ciudad jardín y de auténtica ciudad  panteón que le caracteriza. Todas las casas parecían venderse en vano. En ninguna ventana había luz.

Ciudad Lineal estaba ya sumida en la oscuridad, con su tipo de ciudad alborotada. Algunas luces eléctricas muy amarillas, guiaban hacía ella. Era triste como un canalillo, un canalillo de casas que se entiende. Parecían las dos filas de gente que se forma en los caminos para ver pasar la procesión. Dos filas de casas a lo largo del camino solitario.

Los pobres hoteles se perfilaban un poco en la oscuridad como hoteles de gentes arruinadas y de luto, con un enfermo en la cama, metido en el fondo de una oscura habitación, o con un suicida recién suicidado tirado en el jardín, con los brazos en cruz, como crucificado sobre la tierra.

[…] iban sin embargo optimistas, locos de contento hacia su chalet, “El chalet de las Rosas”, cómo lo había él llamado por llamarlo de algún modo, y por subrayar aquellas enredaderas de rosas blancas que subían por la fachada. Gozaban el encanto de tener hotel que disfrutar todas aquellas personas, que de no vivir en Ciudad Lineal, tendrían que vivir en un cuarto piso, asomándose por la ventanita de una buhardilla a unos jardines de tejado. Por eso amaban tanto sus hoteles.

Nadie les fisgaba en aquella población diseminada a lo largo del camino, distantes unos de otros, con el campo solitario alrededor.

El silencio al margen de una gran ciudad no es el silencio del campo, es el silencio en que se agacha y se oculta todo lo malo de la gran ciudad. Hay meditaciones de crimen en ese silencio arrabalero.

«Ciudad Lineal estaba ya sumida en la oscuridad… con un suicida recién suicidado tirado en el jardín, con los brazos en cruz, como crucificado sobre la tierra.»

Solo perpetuaba ese silencio el paso de los tranvías de Ciudad Lineal, aquellas grandes barcazas que parecían pasar meciéndose en el agua, con un cabeceo bien de barco y sobre todo con un toque de sirenas de barco que inquietaba la noche como si estuviese junto a un gran puerto accediendo por las arribadas forzosas.

Todo les envolvía en soledad. Allí no se podía sospechar ni que Dios les viese.

El ruido de uno de los últimos tranvías diligencias de la Ciudad Lineal iba rallando la noche. De vez en cuando sonaba su bocina de barco, metiendo un ruido de narices resonantes de monstruo.

Aquel paisaje de ciudad de tíficos, al lado de la ciudad, de gran manicomio, de Cerro del pimiento con elegantes chalets le veía pasar a él solo.

[…] se encontraba muy a gusto en el chalet, todo el día contemplando las hermosas vistas que desde allí se divisaban, viendo a Madrid que les volvía la espalda, pero que estaba tan cerca.

¡Qué lugar más distinguido es Ciudad Lineal! Aquí no hay barrios bajos… todos son hotelitos… es el barrio ideal de la nueva aristocracia…

El verano mediado, era esa la época que más temía don Roberto. Iba alguna gente por allí. Pasaban muchos mirones como buscando casa, mirando de arriba abajo los hoteles, como empleados de la contribución la mayor parte. Por la noche, atraídos por el casino, también iban gentes, y se veían las luces y el toldo resplandeciente desde Madrid. Tenía miedo de que Madrid fuese a ir a hacer una inspección en Ciudad Lineal, revisándolo y levantándolo todo.

EL SUICIDIO DE FELIPE TRIGO

Felipe Trigo nació en Villanueva de la Serena, en el seno de una familia de clase media con dificultades económicas por la temprana muerte del padre, cursó el bachillerato en Badajoz y la carrera de medicina en el Hospital de San Carlos de Madrid. Su experiencia como estudiante forastero en la capital la plasmaría en la novela “En la Carrera”. Tras licenciarse, casado ya con su compañera de facultad, Consuelo Seco de Herrera, ejerció como médico titular en los pueblos pacenses de Trujillanos y Valverde de Mérida, circunstancia biográfica que también novelizaría en “El Médico Rural”.

Hastiado de la vida rural, entró por oposición en el Cuerpo de Sanidad Militar. Su primer destino fue Sevilla, donde comenzó su actividad periodística que ya había intentado en Madrid. De Sevilla pasó a Trubia, como médico de la
fábrica de armas. Años después marchó voluntario a unas Filipinas en plena rebelión. Destinado como médico en Fuerte Victoria, en realidad un destacamento de prisioneros tagalos, estuvo a punto de perder la vida durante una escaramuza. Los sublevados le asestaron no menos de siete machetazos, dejándolo por muerto. Trigo, sin embargo,
consiguió huir a campo través, en espantosas condiciones. Con una mano inutilizada, fue repatriado como mutilado de guerra, con el grado de teniente coronel. La prensa le recibió como “el héroe de Fuerte Victoria” y llegó a ser propuesto para la Cruz Laureada de San Fernando. Rechazando la posibilidad de capitalizar políticamente su celebridad, en 1900 se retiró del Ejército y fijó su residencia en Mérida para dedicarse en exclusiva a la literatura. El éxito arrollador de su primera novela, Las ingenuas, en la que relata su dramática peripecia filipina, le convirtió en un auténtico best seller, tanto en España como en América; le permitió llevar una vida de lujo, a caballo entre su Extremadura natal y su chalé de la Ciudad Lineal madrileña, y le dio acceso a los círculos sociales más selectos, ganándose fama de gran señor, dandi y donjuán. En menos de quince años, publicó diecisiete novelas, varias novelas cortas (en las célebres y popularísimas colecciones El Cuento Semanal, primero, y La Novela Corta, ya al final de su vida) y varios relatos, todos ellos con gran acogida del público.

(Fuente: Wikipedia)

Efectivamente, el chalé de sus sueños, Villa Luisiana, se construyó en un terreno de seis lotes en forma de L con fachadas a la calle de Arturo Soria 485 (antiguo) c/v a la de Sánchez Díaz.

A principios de los años diez, el ya famoso novelista Felipe Trigo compró tres lotes correspondientes a los números 9 A, B y C que habían sido segregados a una finca de seis lotes propiedad de don Fernando de Aranda, terrenos pertenecientes a la manzana 98, a los que con posterioridad se le añadirían otros tres lotes números 6, 7 y 8 letra D pertenecientes a Francisco Fuentes, conformando la totalidad de la finca Villa Luisiana.

Don Felipe mandó construir a la Compañía Madrileña de Urbanización una casa en medio de aquel solar, en la parte central en lo que en su día fue la medianería entre las dos fincas, evitando de esta forma eliminar el mayor número de árboles ya existentes y creando a su vez un magnífico jardín con un paseo de álamos y acacias, dejando los lotes de la parte posterior para tierras de cultivo y esparcimiento.

El edificio principal que mandó ejecutar el escritor era una vivienda muy lujosa, tenía dos plantas y su entrada estaba precedida por una gran escalinata con fastuosas balaustradas de piedra artificial. Contaba con 17 estancias, casa de servicio, taller, garaje, lavaderos y demás edificios anexos de servicio; una maravillosa finca para un fantástico escritor y su familia.

Realmente a Felipe Trigo le encantaba esta casa que había construido a su gusto y a pesar de contar con otra vivienda de lujo en la calle de Ferraz, pasaba gran parte de su tiempo en Villa Luisiana donde escribió varias de sus últimas novelas.

Felipe Trigo escribió personalmente una carta a don Arturo Soria y Mata en la que elogiaba el buen hacer de la Compañía.

A la izquierda uno de los planos de la CMU. A la derecha el plano de catastro de los años 40 en el que se ve con todo detalle la disposición de las edificaciones, parterres, depósitos, pozos, y arbolado.

Sobre estas líneas uno de los planos de la CMU. Abajo el plano de catastro de los años 40 en el que se ve con todo detalle la disposición de las edificaciones, parterres, depósitos, pozos, y arbolado.

Madrid, 2 de abril de 1916.
Villa Luisiana, Ciudad Lineal.

Sr. D. Arturo Soria y Mata:

Señor y amigo: Hace tres años que vivo en la Ciudad Lineal. Hace un mes que vivo en “Villa Luisiana”. Hoy acabo de levantarme, a las seis de la mañana (como siempre, desde que estoy en el encanto de luz y del cristal de este hotel) y, como siempre también, el primer saludo de las gratitudes de mi corazón ha sido para mi jardín, que está en la Ciudad Lineal; ha sido para la Ciudad Lineal que… es, porque usted la hizo.

Le debo á, la Ciudad Lineal la salud; le debo la alegría; le debo el gusto de la vida y del trabajo. Yo era un medio muerto de alma un poco torva, envenenada por el terrible ambiente físico y moral de Madrid…, y el aire y el sol y las flores y los pájaros, han hecho renacer en mi al hombre-niño lleno de audaces confianzas en si propio, y capaz lo mismo de reír como un loco ante una rosa al jugar entre ellas con mis hijos o de llorar de agradecimiento y de ternura luego de sentir en el fondo de mi alma —hoy abierta a la comunión con todo lo noble bajo el cielo, antes siniestramente cerrada por los mefitismos de Madrid – las más ingenuas emociones.

Y puesto que todas estas cosas inefables yo no las poseería sí no fuese por la Ciudad Lineal, déjeme usted que le diga, don Arturo, que ahora mismo hay en mis ojos una lágrima.

Si; déjeme usted que se lo diga…, con el pudor y con el íntimo fervor que pueden decirse estas cosas en nuestros tiempos de mezquindad é ingratitud. Si en mi jardín hay flores porque usted fundó una ciudad de jardines “para mí…”, en mi alma hay para usted una flor de gratitud, la más sencilla, la más bella (y a la vez la más sólida y sanchopancescamente arraigada en egoísmo desde que le debo a la Ciudad Lineal la vida y la ventura), que durará lo que mi vida. Y yo querría que al menos mis palabras tuviesen un valor de absoluta sinceridad para usted.

En prueba de ello, puede usted recordar que durante nuestras relaciones para la construcción del hotel, hubo un momento en que yo creí deber contestar a una carta de usted (de la Compañía) con sequedad, casi con dureza, aunque naturalmente, con la buena educación de aquella á que contestaba, y así lo hice. Antes que permanecer aquí como súbdito forzoso de las dominaciones de nadie, hubiese preferido marcharme, perdiendo inclusive mi dinero. Dicen que es usted malo. Dicen que es usted despótico y cruel… ¡Ah, bien!…

Cada cual, aunque esto constituya una española desgracia, puede pensar lo que guste en su anárquica majadería. Por mí también tengo un poco la personal experiencia de la tenacidad y de la, al fin, inofensividad de la calumnia; y teniéndola y así pudiendo mirar por encima de los más absurdos y miserables clamoreos con ojos propios, con libre y altiva y firme conciencia de mí mismo, desde mi altivez y mi libertad me complazco en declararme ahora moralmente súbdito de usted.

A usted, que no me ha nombrado, ni quiero que me nombre, consejero de la Compañía Madrileña de Urbanización, viajero con pase gratuito en los tranvías, espectador de favor en el teatro, redactor con más o menos sueldo en su Revista, excursionista europeo por cuenta de su Caja, etc., yo tengo el honor de participarle que me he nombrado a mí mismo primer propagandista honorario de la Ciudad Lineal. Si mis eficacias no son muchas; será por falta de radio de acción, mas no de voluntad y de entusiasmo.

Yo estaba endiabladamente enfermo de los nervios. La neurastenia, que mata o hace vivir en muerte a tanta gente; que, sobre todo, entre los escritores ha matado en poco tiempo a muchos (a Fernández Shaw, a Celso Lucio, a…), teníame destrozado hace siete años.

Desde tres a la fecha, la Ciudad Lineal empezó a curarme; desde hace un mes, mi curación es radical y perfecta— es decir, desde que habito con alborozo de un pájaro en esta «Villa Luisiana» que ustedes han construido para mí con tanto cariño, con tanta escrupulosidad en todos sus detalles, con tanta conciencia “el buen contratista inteligente que sabe que en hacer las cosas bien están su crédito y su éxito”. Yo estoy seguro de que con cualquier otro contratista particular (mi amigo el Dr. Cisneros, que acaba de construir en Madrid un palacio, me lo ha corroborado por él) habría tenido que reñir veinte veces cada día. Con la Compañía Madrileña de Urbanización, en el transcurso del año que la construcción ha durado, no he tenido, y acaso por mi susceptibilidad excesiva, sino ese (a que aludo antes) conato de disgusto.

Sin maldita la necesidad de ellos, los ladrillos, la cal, el hierro, la piedra, las pinturas, los adornos…, todos los materiales, todos los empeños de buen gusto, han sido de los mejores. A veces se han desbaratado dos o tres veces las cosas, y no sin la consiguiente pérdida de tiempo y de dinero para ustedes, a fin de dejarlas mejor. El señor Vargas, encargado de las obras en representación de la Compañía, era, a la vez, el encargado de reñir, por cuenta de ustedes y en beneficio mío, con los abastecedores… Y así la obra ha resultado de tal belleza, de tal solidez, de tal armónico buen gusto irreprochable que… aún no hace tres días una familia paseante detuvo ante “Villa Luisiana” su automóvil y por la guardesa nos mandó decir (tan pronto como supo que no venderíamos la finca) que estaba dispuesta a darnos veinticinco mil pesetas más de lo que nos hubiese costado. El solo titubeo de mis dudas (puesto que yo hubiese podido hacer otra igual y embolsarme un buen puñado de pesetas) levantó una revolución de protestas en toda mi numerosísima familia. Es un hecho. Por eso se lo cuento. El habla.

Al Sr. Vargas ya le he expresado mi gran satisfacción. ¿Quiere usted repetírselo en mi nombre?

Termino pidiéndole dos cosas. La primera un retrato de usted y la otra cosa es (como los soldados) que dispense la letra y los giros improvisados de esta carta, que le envío hasta con los tachones del veloz vuela pluma con que la he escrito…, sólo para usted; aunque claro es que, por más que nada ella haría ganar a mis prestigios de escritor, nada me importaría que usted se la leyese a todo el mundo o la publicase si quiere. No está destinada a la publicidad y la he escrito por apremios de un deber moral que pesaba en mí y que ya queda cumplido. ¡Qué menos podría decirle un grave enfermo salvado a su médico que: ¡muchas gracias! Por lo demás, habrá de ofrecérseme en mis tareas cotidianas mil y una ocasión para ir diciendo de la Ciudad Lineal, mi pueblo, desde ahora, todo lo que ella merece.

Suyo devotísimo

P. D.—Para ver el hotel, precioso, a pesar de la modestia con que por ahora he podido alhajarlo, ¿quiere usted dispensarme la honra de venir con sus hijos á tomar una taza de té pasado mañana martes a las seis?

Si el día y la hora les fuesen inoportunos, ustedes me indicarán los que gusten.

Sus más allegados lo sabían. Felipe no estaba bien. Hacía ya unos años que se le había diagnosticado neurastenia, un agotamiento psicológico al que puso fin el mismo. El sábado 2 de septiembre de 1916 su hija Julia le invitó a pasear, a que la acompañara a Madrid, para presenciar camuflados entre el público la salida de “La Novela Corta” que se publicaba ese mismo día un extracto de su obra “La altísima”.

Aunque había dado su palabra no quiso ir. Era un sábado como otro cualquiera en la Ciudad lineal, cada uno se ocupaba en sus quehaceres. A don Felipe le encantaba salir con sus perros y pasear por el jardín, su hija Luisa tocaba el piano, su hijo Félix andaba por el jardín y su esposa ocupada en los menesteres del hogar. A las 10:30 como si se quisiera despedir, don Felipe entró en la casa, traspasó el amplio vestíbulo y fue una por una entrando en todas las estancias, hasta que llegó al cuarto de su hijo Felipe donde se apoderó de un revólver que este guardaba en la mesita de noche y bajó al comedor cruzándolo para llegar hasta su despacho. Sobre la misma mesa en la que habían nacido maravillosas obras escribió:

“Perdonarme todos, yo estoy seguro de que nada os serviría más para prolongar algunos meses vuestra angustia viéndome morir. Pensar que en esta catástrofe fue motivo el ansia loca de crearos alguna posición más firme.

¡Perdonarme, perdonarme, Consuelo mártir mía, hijos de mi alma!

Si mi vida fue una equivocación fue generosa. Con la única preocupación vuestra por encima de todos mis errores. Que sirva esta de mi voluntad de testador para declararos herederos míos de todos mis derechos.”

Perdón.
Felipe Trigo

Felipe Trigo y su familia en la parte posterior de Villa Luisana.
En la imagen sus hijas Luisa, Julia y Consuelo, su mujer y su hijo Félix.

Felipe Trigo y su familia en el jardín de Villa Luisiana. En la hamaca tumbado el poeta y amigo Francisco Villaespesa.

Terminada la carta, se puso de pie junto al escritorio, colocó el arma junto a su cabeza y se pegó un tiro en la sien derecha que salió por la región occipital. Al oír el disparo todos corrieron al despacho, del que hubo que derribar la puerta que había sido atrancada por dentro, encontrando a don Felipe tirado en el suelo junto a un gran charco de sangre, pero no estaba muerto.

Su hija Luisa, doctora de profesión, atendió al herido intentando controlar la terrible hemorragia. Le tumbaron en un diván que había en la sala y poco después se presentaron el personal de la casa de socorro, el Dr. Treceño y el médico del pueblo de Canillejas el Sr. Placer, los cuales manifestaron que la herida era gravísima. Poco después se personó en el hotel el juzgado militar que no pudo más que certificar su muerte dos horas después del suceso.

Dos recortes de prensa donde se hacen eco de la muerte del genial escritor. Obsérvese la errata en el nombre de la finca.

El escritor fue enterrado en el cementerio de Canillejas, y su familia siguió viviendo muchos años más en Villa Luisiana. Concretamente dieciséis años después se realizó una entrevista a sus familiares, quienes añoraban y veneraban la figura del genial escritor, incluso conservaban el despacho intacto, con sus obras, y sus papeles tal y como él los dejó.

La familia de Felipe Trigo años después de su muerte en la escalinata de entrada a Villa Luisiana.

Una de sus hijas visita la sepultura de Felipe Trigo en el cementerio de Canillejas.

Mientras villa Luisiana se mantiene estática años después de la partida de don Felipe.

Marcado en rojo el actual complejo de Residencia Santísima Trinidad, suma de los solares de las tres fincas, entre ellas Villa Luisiana.

Años después, muy posiblemente tras la muerte de su viuda, la finca se vendió a la congregación de las Hermanas Trinitarias que establecieron en la casa la residencia Santísima Trinidad, que poco a poco fue creciendo y ampliando sus estancias con dos de las viviendas vecinas.

En Villa Luisiana ya convertida en residencia se celebraron desde 1960 algunas misas por el alma del ilustre escritor que perdió su vida allí mismo. Años más tarde los tres antiguos chalets construidos por la CMU fueron derribados, uniendo las parcelas y construyendo un nuevo complejo denominado residencia universitaria Santísima Trinidad.

En la actualidad mantiene el mismo uso y ocupa el número 28 de la calle de Arturo Soria. En su puerta nada nos recuerda que allí vivió y murió el magnífico escritor,y ferviente admirador de la Ciudad Lineal,don Felipe Trigo.

Portada del diario francés “Le Petit Journal” en la que se ilustra el momento del asesinato del Sr. Dato.

El sidecar del asesinato de Dato

La noticia corrió como la pólvora. Aquella tarde del 8 de marzo de 1921 el Presidente del Gobierno, Don Eduardo Dato había sido asesinado cuando regresaba a su casa. Los pistoleros que viajaban en una moto sidecar, alcanzaron el coche del presidente a la altura de la plaza de la Independencia donde fue tiroteado.

Los tres asesinos anarquistas que cometieron el acto fueron cayendo uno a uno, pero antes de que esto ocurriera, un suboficial del cuerpo de la Guardia Civil fue clave fundamental para descubrir el paradero del vehículo con el que se había perpetrado el hecho y la posterior detención de los autores.

Se encontraba el agente Sr Maté en un bar en la Ciudad Lineal cuando escuchó hablar a un carretero acerca de lo peligroso que se estaba convirtiendo la circulación de vehículos de motor, puesto que la misma noche del asesinato, estuvo a punto de ser arrollado por una moto con sidecar en la misma calle de Arturo Soria.

Después de algunas averiguaciones se descubrió que el carretero vivía en la calle de Muller nº 30 en las cercanías de Bravo Murillo, y hasta allí se desplazó la benemérita. Don Victoriano Rodríguez contó con pelos y señales lo ocurrido la noche de autos.

El carretero aseguró a la guardia civil que estuvo a punto de ser atropellado por tres tipos que ocupaban una moto con sidecar en la calle de Arturo Soria con dirección a la carretera de Hortaleza que llevaba los faros apagados. Siguiendo las huellas que esta dejaba, se pudo comprobar que llegaban hasta el kiosco Árabe, donde se perdían.

Después de interrogar a varios vecinos y realizar algunos registros el perímetro quedó acotado. El mismo Sr. Maté accedió por una ventana al interior de un pabellón de una granja avícola conocida como la Asunción y enclavada en la calle de Arturo Soria, local que contaba con una pequeña puerta sobre la que había un cartel en el que se podía leer “77 CARNICERÍA 77”.rollado por una moto con sidecar en la misma calle de Arturo Soria.

Tres imágenes del lugar donde se encontró la motocicleta con la que fue perpetrado el asesinato del Sr. Dato.

En efecto, en el interior de aquel pabellón que daba a la calle de Arturo Soria se encontró la moto “Indian” color chocolate prácticamente nueva con sidecar. En su interior se hallaron cinco pistolas, dos marca Star, una Mauser, otra Bergman y otra Martin, además de tres cargadores vacíos y varios casquillos de bala; sin duda alguna, era el vehículo con el que se había perpetrado el asesinato.

Las primeras acusaciones se dirigieron al propietario de la finca, el Sr. Manuel Pérez Vizcaino, que vivía en la misma, en una casa levantada en uno de los laterales de la parcela. Allí residía con un tío suyo, don Pedro Rodríguez Illanes, ciego desde años y que desconocían por completo que en su casa se escondía aquel vehículo.

Don Manuel Pérez Vizcaino dio parte indicando que días atrás, había llegado hasta allí un tipo bajito y regordete con marcado acento catalán que se interesó por arrendar aquella dependencia anexa a su vivienda y que llevaba tiempo vacía. Con intención de que en ella, se alojase una amiga de este por unos días, (aunque algunas publicaciones indican que era para guardar algunos trastos viejos). El Sr.Pérez accedió, indicando de igual forma que desde aquella fecha no volvió a ver a nadie por allí. El día 9 le mandó un aviso notificando que abandonaba el cuarto la señora que lo ocupaba, y que dejaba la llave en casa de unos amigos domiciliados en la calle de Alcalá.

La aparición de la motocicleta junto con otros datos que fueron recabados por la guardia civil dio como fruto la captura de los asesinos del Sr. Dato.

Sin duda alguna, este asunto atrajo a muchos curiosos hasta el lugar de los hechos, ¿pero realmente dónde sucedió todo?

Espectacular imagen de la motocicleta con sidecar encontrada en el interior del pabellón de la calle de Arturo Soria.

Nos centramos frente al kiosco Árabe, y en sus inmediaciones encontramos rápidamente la finca de los señores Manuel Pérez Vizcaino y Pedro Rodríguez Illanes. En aquella época se trataba de una finca de gran extensión dedicada a la cría de aves, y denominada la Asunción, en honor a doña Asunción Pérez Vizcaino propietaria también del complejo. Pero quedaba un asunto que no cuadraba, y era porque aquella antigua carnicería tenía el número 77 cuando en realidad se trataba del antiguo número 160 de la calle de Arturo Soria. La solución era muy sencilla, dicha carnicería se encontraba en la manzana 77 de la Ciudad Lineal, y quizás su propietario que tenía varios negocios iguales en la zona, optó por tomar este número por ser más fácil de memorizar. Sirva únicamente como anécdota decir que casi todos los periódicos de la época erraron al indicar que el número de la calle era el 77 y confundieron a los lectores y curiosos de turno. En la actualidad correspondería al número 231 de la calle de Arturo Soria.

El mismo lugar donde ocurrieron los hechos en la actualidad, sin signo ninguno de la antigua carnicería, formando parte del antiguo complejo de la piscina Stella.

Dos accidentes mortales

Tal y como se había vaticinado el día anterior, aquel domingo 23 de junio de 1934 había amanecido soleado, pero también se había informado que posiblemente según  fuera transcurriendo el día las nubes encapotarían el cielo y alguna tormenta dispersa refrescaría el ambiente.

Don Lisardo Vilela Rodríguez de 63 años de edad y que residía en la calle Florida número 16, decidió aquella mañana ir a pasar la tarde al campo junto con su esposa doña Pilar García Pedrero de 52 años. Cerca de las cuatro de la tarde partió la pareja de su domicilio y poco más tarde recogieron a dos primas de esta, doña Concepción y doña Emilia Blanco de 49 y 47 años de edad respectivamente, ambas solteras, en la calle de las Huertas número 60 que los acompañarían en su viaje.

Se desplazaron por la carretera de Aragón en un ameno viaje llegando a las cercanías de Guadalajara. De vuelta, ya entrada la noche pensaron en acercarse a casa de unos amigos que residían en Chamartín de la Rosa, a pesar de que el tiempo ya había comenzado a estropearse.

Al llegar el vehículo al punto de la carretera de Aragón donde comenzaba la Ciudad Lineal, don Lisardo giró y enfiló la calle de Arturo Soria. La lluvia comenzó a caer con fuerza, acompañada de fuertes ráfagas de viento y aparato eléctrico. Las señoras se asustaron y don Lisardo pisó el acelerador por aquella oscura y lúgubre avenida llena de baches. El camino se estaba haciendo eterno. Sin saber por qué una vez traspasado el antiguo parque de diversiones reconvertido ya en los estudios CEA, poco antes de llegar al arroyo de las Cañas, el conductor del vehículo perdió el control y este cayó dando varias vueltas de campana por un terraplén de más de treinta metros de profundidad, acabando completamente destrozado en un campo de trigo.

A los pocos minutos y alarmados por el gran estruendo unos chiquillos que estaban refugiados de la lluvia llegaron hasta el lugar del accidente y dieron la voz de alarma los automovilistas, vecinos de los alrededores y la Guardia Civil del puesto de Pueblo  Nuevo.

Todos descendieron al final de la barrancada, y sacaron del interior del destrozado coche al conductor, Sr. Vilela que había fallecido, así como la desventurada doña Emilia.

Ambos presentaban tremendas heridas en la cabeza, piernas, brazos y vientre. A la esposa del fallecido, doña Pilar, y su prima doña Concepción, como estaban heridas, se las trasladó en otro automóvil a la Casa de Socorro del pueblo de Canillas, donde el médico de servicio, Sr. Sarri, secundado por el ayudante Sr. Orozco, se apresuró a reconocerlas.

Presentaba la esposa del Sr. Vilela heridas múltiples en la cabeza y cara, magullamiento general y conmoción visceral y cerebral; su estado fue calificado de grave. Su prima doña Concepción presentaba heridas con desgarro en ambas piernas y magullamiento y conmoción cerebral, calificándose también de grave su estado. Una vez asistidas en el benéfico establecimiento, las lesionadas fueron trasladadas a sus domicilios de Madrid.

El hecho fue comunicado al juez de Canillas, D. Francisco Arín, quien, en unión del secretario, D. Leopoldo Lorenzo, se presentó en el lugar del trágico accidente, practicando las diligencias de rigor y ordenando después el levantamiento de los dos cadáveres y su conducción al depósito del cementerio de la citada localidad.

Estado en el que quedó el vehículo en el fondo del terraplén junto al cadáver de su conductor.

Don Lisardo

que falleció en el accidente

Doña Pilar García

esposa de don Lisardo

Francisca Blanco Pedrero

también fallecida

Concepción Blanco Pedrero

gravemente herida

Una instantánea del lugar donde ocurrió el accidente extraída del diario Ahora.

Tras revisar exhaustivamente las fotografías con que contábamos y centrándonos con los datos facilitados por las diversas publicaciones concluimos que el vehículo que provenía de la carretera de Aragón en dirección norte tuvo que cruzarse al carril contrario e ir a despeñarse exactamente en una zona sin urbanizar entre las calles de Sorzano y Manuel del Valle, aproximadamente a la altura del n. 143 de Arturo Soria.

Una imagen aérea de la zona en los años 30. Marcado en amarillo el lugar aproximado donde sucedió el accidente.
En azul aparece el área que captó la instantánea anterior, con villa Paquita en primer término y al fondo la alta chimenea de la fábrica de electricidad.

Un aspecto actual del lugar aproximado donde ocurrió el accidente hace 85 años.

Tan solo un mes antes, exactamente día 8 de mayo de 1934 ocurría otro terrible accidente, el diario Luz contaba la noticia así:

“Esta mañana en la Ciudad Lineal ocurrió un accidente motorista, en el que resultó muerto Jaime de Oñate y Fernández de Gamboa, sobrino del ex Marqués de Ugena, de diecisiete años, estudiante de la Facultad de Derecho, y gravísimamente herido Luis Rodríguez de Viguri, hijo del ex ministro del mismo apellido, también de diecisiete años y asimismo estudiante de la Facultad de Derecho.

Jaime de Oñate (fallecido)

Manuel Rodríguez de Viguri.

A primera hora de la mañana marchaban ambos jóvenes por la calle de Arturo Soria ocupando una moto, conducida por D. Jaime Oñate. La máquina marchaba a gran velocidad, y al llegar frente al edificio del antiguo Kursaal, (actualmente estudios CEA) parece que una de las ruedas del vehículo saltó en un profundo bache; el conductor perdió la dirección y la moto fue a estrellarse contra un árbol. Los ocupantes salieron despedidos a gran distancia. Varias personas que acertaron a pasar por el lugar del suceso acudieron en auxilio de los heridos, los cuales se encontraban exánimes en el suelo. Fueron trasladados a la casa de socorro de Canillas, donde el médico de guardia, Sr. Castro Cabrera, y su ayudante, Sr. Santisteban, procedieron a prestarles asistencia. 

Cuando ingresó en la casa de socorro el Sr. Oñate era cadáver. El Sr. Rodríguez de Viguri presentaba la fractura del fémur, una fortísima conmoción cerebral y otras fracturas, de pronóstico gravísimo. Con toda clase de precauciones fue trasladado este último al Sanatorio de Santa Alicia. El Juzgado de Canillas se personó en el lugar del suceso y practicó las diligencias de rigor, dando orden de que fuera trasladado al Depósito de Canillas el cadáver del Sr. Oñate y Fernández de Gamboa. La triste nueva del accidente fue comunicada con toda clase de precauciones a la familia del difunto, que tiene su domicilio en la calle de Goya, 75.”

El asesinato de Villa Valle

Villa Valle fue un hotelito enclavado en la manzana 99 de la Ciudad Lineal y construido en los primeros años del siglo XX. Su primera referencia aparece en el año 1904 cuando la revista La Ciudad Lineal publica un artículo en el que se pone en venta un fantástico hotel situado en la calle de Arturo Soria con vuelta a la de Marquesa de Torrecilla, justo al lado del solar donde por suscripción popular se levantaría años más tarde la iglesia de Nuestra señora de la Concepción. La vivienda que se edificó en aquel solar seguía los preceptos romanos de construcción, estando compuesta por cuatro crujías que rodeaban a un gran patio cubierto de 73 metros cuadrados culminado por una gran claraboya de cristal, que era el eje y centro de toda actividad en la vivienda.

La casa, de muros de ladrillo visto coloreados y teja árabe estaba rodeada de un fantástico jardín y huerta, la revista la Ciudad Lineal se hizo eco en varias ocasiones de los magníficos ejemplares de árboles que existían en la finca.

Según la documentación encontrada, la casa pasó por manos de diferentes propietarios y finalmente fue vendida por 40.000 pesetas a un consejero y accionista de la empresa, don José María Castaño y Alba, un reputado farmacéutico, que trasladó hasta el inmueble, en el año 1915, la producción de una de sus fórmulas magistrales, “El tesoro del estómago”.

Diferentes aspectos, alzados sección y planta del original edificio construido en el solar adyacente a la futura iglesia de la Ciudad Lineal. Obsérvese su sencilla y práctica distribución en torno a un gran patio central.

Es en ese momento cuando se realiza una ampliación de la vivienda elevando el edificio en un tercio de su superficie, convirtiendo el resto en una amplia azotea.

La vivienda situada en el antiguo número 512 de la calle de Arturo Soria pasó a ser un precioso edificio burgués, rodeado por un tupido y selecto jardín, en cuya puerta se podía leer claramente el nombre de la finca, Villa Valle.

Don José María Castaño y Alba falleció el 16 de junio de 1929 a los 85 años de edad. Su generosidad y buen hacer había quedado palpable entre sus compañeros de la Compañía Madrileña de Urbanización, los cuales le rindieron un merecido homenaje. Su legado fue repartido quedando heredero de Villa Valle quien había sido su esmerado jardinero durante un largo tiempo don Manuel Pazpatti Herrero que junto a su esposa y dos hijos se trasladó a vivir a la casa principal.

Es en ese momento cuando se realiza una ampliación de la vivienda elevando el edificio en un tercio de su superficie, convirtiendo el resto en una amplia azotea.

La vivienda situada en el antiguo número 512 de la calle de Arturo Soria pasó a ser un precioso edificio burgués, rodeado por un tupido y selecto jardín, en cuya puerta se podía leer claramente el nombre de la finca, Villa Valle.

Don José María Castaño y Alba falleció el 16 de junio de 1929 a los 85 años de edad. Su generosidad y buen hacer había quedado palpable entre sus compañeros de la Compañía Madrileña de Urbanización, los cuales le rindieron un merecido homenaje. Su legado fue repartido quedando heredero de Villa Valle quien había sido su esmerado jardinero durante un largo tiempo don Manuel Pazpatti Herrero que junto a su esposa y dos hijos se trasladó a vivir a la casa principal.

Desde que don José María había fallecido la propiedad se había ido languideciendo, al igual que la economía de Pazpatti, que había subarrendado la antigua casa de servicio a una familia de jornaleros, que llevaban largo tiempo sin pagar el alquiler.

Habían trascurrido ya seis años desde la muerte de don José María, y Manuel Pazpatti, con difíciles problemas económicos, decidió hipotecar la finca para lo que busco a un nuevo propietario. Todo estaba decidido, los inquilinos debían de abandonar la finca lo antes posible y este se lo comunicó en repetidas ocasiones.

El martes 18 de junio de 1935 Manuel Pazpatti pasó la tarde en una taberna cercana ahogando sus problemas en vino, agobiado por la situación, y sin saber cómo sacar de allí a sus inquilinos. Llegada la noche, aproximadamente a las diez y media, Manuel volvió a casa, abrió la verja del portalón y a gritos comenzó a llamar a sus moradores. Caso omiso hicieron por lo que Manuel entró dentro de su casa, se fue a la cocina y se puso a cenar lo poco que allí tenía. Abriendo la puerta de la cocina y dirigiéndose a la casa de servicio volvió a increpar a sus ocupantes.

Cristóbal Moreno, de 33 años que era uno de los hijos del matrimonio que ocupaba la destartalada casa de servicio, se dirigió hasta la cocina donde le esperaba Pazpatti.

Aspecto que presentaba la entrada a finca a mediados de los años 30.

Entablaron conversación y Cristóbal se justificaba diciendo que ni él, ni sus hermanos tenían trabajo ni dinero para abandonar la vivienda. La situación se volvía cada vez más tensa, y los gritos se oían a decenas de metros de la casa. Fue entonces, cuando siete disparos rompieron el silencio de la noche. Manuel Pazpatti, había tomado una pistola “Star” que guardaba en un cajón de un escritorio, se dirigió de nuevo a la cocina, y sin mediar palabra disparó. Aquel arma, recuerdo de su época de somatén. Había matado a Cristóbal de tres tiros en el pecho y dos en la cabeza.

Inmediatamente Manuel Pazpatti salió a la calle. Los tiros se habían oído desde el puesto de la guardia civil de la Concepción y desde el cercano juzgado de Canillejas, desde donde el oficial Francisco Mayorga había salido al encuentro. En la puerta de Villa Valle se vieron las caras junto con dos guardias del puesto de Concepción, Félix Varela y Antonio Rosales, Manuel Pazpatti no opuso resistencia.

Manuel Pazpatti Herrero fue trasladado a la cárcel de Alcalá de Henares. Muchos años después, ya en 1963 aparece en el Boletín Oficial de la Provincia de Madrid nombrado en un listado de petición de ayuda por ancianidad y vecino del barrio de Ventas.

La casa se mantuvo muchísimos años más en pie, en los años 40 era propiedad de Teresa Ruiz, y durante algún tiempo estuvo adjunta a la parroquia de Nuestra Señora de la Concepción, en ella vivía el señor cura, según cuentan algunos vecinos, y se impartían talleres y clases en sus desvencijadas dependencias. Se derribó en 1973 y sobre el solar se construyó un desacertado edificio de viviendas, que echando por tierra todos los preceptos de la Ciudad Lineal ocupó el 100% de la superficie y se levanto en cuatro alturas, condenando para siempre el lateral derecho de iglesia.

Manuel Pazpatti Herrero, de 44 años de edad, en el momento en el que abandonaba las dependencias policiales.

El fallecido, Cristobal Moreno, de 33 años de edad.

La vivienda que ocupaba Crsitobal Moreno junto a su familia en la finca Villa Valle.

Una fantástica imagen aérea de Villa Valle en los años 50.
En la parte superior aún se ve la casa de servicio donde vivía Cristóbal Moreno.

Una vista actual del mismo ángulo.

David Miguel Sánchez Fernández

BIBLIOGRAFIA

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La Correspondencia de España. Año LXXIV Número 22974 – 1921 marzo 12
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La Libertad ( Madrid. 1919). 19/6/1935, página 1.